Edificando sueños y mentiras: autoconcepto en redes sociales

jueves, enero 14, 2016

Las redes sociales son como los sueños: hermosas mentiras.

Se denomina alteridad a la capacidad de ser 'otro', de convertirnos o adoptar la identidad de un individuo diferente a quienes somos realmente. Esto es un fenómeno constante en el mundo de Internet, el vulgarmente conocido "postureo".

Las redes sociales son la máxima expresión de individualismo que existe. Perfiles de usuario conectados entre sí, pero desconectados al mismo tiempo, pues sólo miran hacia dentro. Sólo importa el "yo". Una versión relativamente mejorada de nuestro "yo" real, con la que cubrir las carencias que tenemos. Un disfraz para proyectar el ideal que deseamos alcanzar. Si no podemos ser así tras la pantalla, al menos sí dentro de ella.

Ilustración de John Holcroft.


En 2004, Donath y Boyd, un par de expertos en el tema, redujeron la complejidad de las social media a "mecanismos para definir nuestra identidad ante los demás". Dicha idea la había expuesto anteriormente Walther y Parks en 2002, al plantear la existencia de un “principio de garantía” en la comunicación online. Según dicho principio, las opiniones de los contactos del sujeto tienen un efecto decisivo en su autoanálisis y percepción de la imagen que tiene el resto de él. Nada nuevo.

Cuando subimos una selfie llena de filtros, todos sabemos que estamos colgando una mentira. Quien se la saca lo sabe, y sus contactos también. Otras veces contamos mentiras más pequeñitas, piadosas, como al compartir esa canción porque sabemos que recibirá muchos likes, al escribir a esa persona precisamente ese comentario, o cuando hacemos retweetesa noticia que tanto nos ha marcado, porque causará el impacto que nos interesa. Inconscientemente vamos perfilando una imagen muy cuidada para decirle al mundo quiénes somos (o quiénes querríamos ser). Si piensas que eres una excepción, te equivocas.

"¡Dame un trato especial!"
A partir de mediados de 2015 probé a realizar un experimento en mis redes sociales. Para poneros un poco en contexto, yo antes era una persona que criticaba mucho a las chicas que se sacan continuamente fotos; las tachaba de tontas y superficiales. Afirmaba que tenían una necesidad de llamar la atención para cubrir su carencia de autoestima. Puede que las haya, pero es ridículo generalizar metiendo a todas en ese saco. Entonces, en mi afán por tratar de entender los motivos de dicho paripé (y con un matiz de burla menos noble) decidí sacarme selfies yo también.

Sin darme cuenta, acababa de entrar de lleno en el corazón de las redes sociales, en su esencia. En lugar de influir en mí, como pensé que sucedería, en quien influían las fotos era en mi red de contactos y la idea que tenían de mí. Así pues, tras varios filtros acompañados por títulos banales, distinguí dos patrones conductuales completamente opuestos:

Por un lado, con cada selfie, el porcentaje de likes y comentarios ha ido creciendo exponencialmente. Puedo afirmar que muchos me ven ahora como una persona más abierta y simpática. Normalmente esta reacción viene dada por personas que también "practican" el postureo o gente que quiere ligar conmigo (sí, el número de usuarios sexualmente interesados en mí también ha aumentado con creces, supongo que porque parezco alguien más "accesible").
Ejemplo real de mi cuenta de Facebook
En contraposición están las personas que me critican, que dicen que ya no soy la misma de antes, que me he convertido en lo que siempre había odiado. Hipster, moderna, falsa, superficial, tonta, hipócrita. Una respuesta propia de personas críticas que se consideran inteligentes y superiores al resto por ello. La Alejandra que decidió poner en práctica el experimento formaría parte de este grupo.
Ejemplo real de mi propio Facebook.
El caso es que ambas ideas son igual de estúpidas, y lo triste es que vienen de personas que me conocen en la vida real, que me tratan en mayor o menor medida. Mientras, yo sigo siendo la misma, ni más simpática, ni más tonta. En todo caso puedo decir menos superficial. Irónico. Me di cuenta de que el circo del postureo y las redes sociales no es solo culpa (si es que hemos de echársela a alguien) de quien sube fotos, sino de todos los que participamos en él de alguna forma. Una dosis de humildad que me hizo ver que subir una selfie llena de filtros a Instagram no te hace tonta, igual que el hecho de no subirla tampoco te hace más lista.

Es igual de superficial basar toda tu autoestima en una sola foto, que juzgar todo lo que es una persona por una sola foto.

Las redes sociales son un arma tan poderosa, que ha llegado el punto en que es más válido y legítimo lo que vemos en ellas que lo que palpamos en el mundo real. Todos creemos ser conscientes, estar por encima de tales tonterías, pero escapa a nuestro control. Hemos dejado de ejercer el pensamiento crítico y nos movemos por masa, aunque sean masas minoritarias. Surgen sesgos, tendencias, lobbies y nichos que aunque no sean tan cantosos como una selfie, están ahí.

El juego del postureo que perpetuamos llevándolo a terrenos tan serios como los atentados de París, con la bandera de Francia en la foto de perfil; con las elecciones generales, haciendo bombo de cuán políticamente concienciados estamos; o hasta dentro de movimientos ideológicos como el feminismo o nuestro repudio por el maltrato animal. Se llega a dar incluso la contradicción de criticar el postureo por puro postureo (¿me estoy haciendo un meta-análisis?).

"Lo que tienes son celos de mi pelo..."
Las redes sociales son hermosas mentiras, pero la pregunta que hemos de hacernos es: ¿a quién queremos convencer con ellas? Siempre se habla de la aprobación ajena, de venderse a los demás, de ser queridos por quienes nos rodean. Pero yo, personalmente, creo que a quien realmente pretendemos engañar es a nosotros mismos.

Sácate las selfies que te dé la gana si es lo que te apetece; que seas o no una mierda de ser humano no dependerá de ello. Ha acabado el sueño, es hora de despertar.

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