No tengas prisa por deshacerte mayor

jueves, enero 21, 2016

Las cosas importantes suelen ser las que se reconocen a simple vista, tal vez por eso también suelen ser las primeras que pasamos por alto.

Llega un momento en la vida de todo veinteañero, en que toca perderse a sí mismo. Esa etapa en la que no sabes muy bien qué hacer, hacia dónde ir o qué buscar. Parece que el universo se ha dilatado de pronto, extendiéndose y abarcando una inmensidad que nos cuesta gestionar. Somos inexpertos en esto que llaman "mundo real", neófitos sin preparación alguna que debemos afrontar una realidad que nos asusta, supera y ahoga.


No sabes a dónde ha ido todo el tiempo que perdías y malgastabas, pero ya se fue y ya no está. Ya eres mayor. Felicidades, conseguiste lo que tanto querías. Sentarse en la mesa de los grandes no sabe tan bien como imaginaste. Podrías quedarte levantado hasta las tantas, pero debes madrugar al día siguiente. Ahora no buscas excusas cuando llegas tarde, cuando se te pasa una entrega, cuando olvidas devolver la llamada o cuando despiertas con una resaca horrible. Qué responsable, ¿desde cuándo te has vuelto tan aburrido?

Los chavales de 18 años te parecen escandalosos e inmaduros, y preguntas con vergüenza ajena si tú eras igual en primero de carrera. Porque ser veterano no es un big deal, y lo único que quieres es dejar atrás la facultad, mientras que quienes han terminado sólo desean volver. Asúmelo, no estás en condiciones de ser adulto. Desde que nacemos vamos a la guardería, al colegio, el instituto, la universidad, y si tus padres venden cada uno un riñón, haces un máster. Nos marcan con permanente, flechitas y subrayadores de colores el camino que nos toca seguir, está todo ahí, bien señalado: tu vida. Pero nadie te dice que tu vida no termina el día de tu graduación. Nadie te dice que una vez tienes la licenciatura, mamá no te esperará con leche y galletas para pellizcarte la mejilla, sonriendo por lo buen niño que eres, lo bien que lo has hecho. No te lloverán ofertas de trabajo, no te regalarán una casa, no encontrarás de pronto a la persona ideal, ni serás exitoso en todo lo que hagas. Pobres ingenuos.

El problema es que todos lo sabemos. Conocemos perfectamente esa sensación de no tener ni puta idea de qué vamos a hacer con nuestras vidas, esa sensación de inseguridad, de temor a fracasar, a no ser suficientes. Vemos a personas de nuestro entorno consiguiendo pequeños logros; que si uno se va de viaje, que si a otro le dan una beca, que si ha sido apto para el puesto, que si ha publicado, que si ha ganado un premio, que si ha aprobado esa maldita asignatura, que si tal, que si cual, que si me da igual... crees que te quedas atrás, que puede haber algo malo en ti, diferente. Te preguntas si tienes talento, si elegiste la carrera correcta, si perdiste tu oportunidad, si debiste decir que sí o que no en aquel momento, si tus familiares te acogerán en caso de terminar siendo un sintecho.

El aire se enturbia y la garganta se cierra, las palpitaciones aceleran y te aterra desarrollar un cáncer, o párkinson, o alguna enfermedad horrible, pero sólo es estrés y ansiedad. El miedo que provoca pensar que has de seguir con tu vida, que ya va siendo hora, no porque lo diga la sociedad, sino porque tú deseas tomar finalmente las riendas. Por mucho que asuste, por muy verde que estés, quieres probar a ver de qué eres capaz. Pretendes volar del nido, encontrar un cuchitril, pagar facturas, comer algo más que cereales y ramen, gestionar dos trabajos de mierda mientras buscas el de tus sueños, y todo ello sin renunciar a ser feliz.

Con tantas cosas en mente, perdemos la perspectiva de qué es y qué no es realmente necesario para nuestra felicidad.

Fotografía de 1lykcatz
La universidad, el trabajo, el piso, la hipoteca, la comida, el dinero, el éxito, el futuro en general. Sí, todo eso resulta relevante, pero nuestras preocupaciones nos ciegan ante lo que de verdad es significativo. Como decía al principio, las cosas importantes suelen estar a simple vista, pero terminamos por obviarlas. Nuestros amigos, nuestra pareja, los buenos ratos con la familia, disfrutar el tiempo libre, lo que te apasiona, te relaja y nos ayuda a ignorar tanta confusión.

Cualquier veinteañero que ya no es un niño probablemente olvide que ser adulto, aunque conlleve muchos sacrificios, no implica crecer a costa de ser feliz. A veces es necesario hacer un parón, respirar hondo y preguntarse qué tiene más peso: un segundo de calma o una vida de amargura.



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3 comentarios

  1. Hace tres minutos, estaba pensando justo en todo esto, ahogandome por no saber lo que pasara, pero siempre sienta bien saber que no eres la unica pasando por todo esto, hay miles de personas ahi fuera pensando exactamente lo mismo, te da un poquito de esperanza. Muy buen texto

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    1. Es una inseguridad que a muchos nos persigue, pero no debemos permitir que nos drene. Centrarnos en lo que nos gusta y nos hace felices, buscar nuestro sitio, con calma y sin miedo. Creo que es un sentimiento generalizado en la gente joven, por lo que está bien apoyarnos entre nosotros y avanzar con firmeza.

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  2. Han habido frases que he tenido que volver a leer para estar seguro de que algún pensamiento propio no se me había colado en lo que leía. Una visión muy acertada de lo que es ser veinteañero en estos momentos.

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