Sexo y amor en el país del sol naciente

viernes, enero 29, 2016

Kabuki-Cho, el barrio rojo más famoso de Tokyo.
De acuerdo con una encuesta del gobierno japonés, cerca del 50% de las mujeres japonesas de entre 18 y 34 años están solteras. En el caso de los hombres es más del 60%.

Sekkusu shinai shōkōgun es el llamado "síndrome del celibato". En Japón cada vez son más los jóvenes que han perdido interés, no sólo en las relaciones de pareja, sino también en las relaciones sexuales. El índice de natalidad es uno de los temas que más preocupa en el país, donde el reemplazo generacional hará tambalear en un futuro cercano sus cimientos sociales y económicos. Según datos de la Asociación de Planificación Familiar de Japón, el 45% de las mujeres de 16 a 24 años "no están interesadas u odian el contacto sexual". Comprensible, teniendo en cuenta que es uno de los países del mundo que más variedad aporta a la industria del sexo, donde la mujer es reducida a un mero producto.


Datos de ProCon de 2011 muestran que el 37% de los jóvenes varones japoneses ha pagado al menos una vez en su vida por servicios sexuales. En Japón, la Ley Anti-Prostitución del país considera legal el cobro por todas aquellas actividades sexuales en que no se incluya la penetración. Una industria controlada por la yakuza, enfocada principal y casi exclusivamente hacia los hombres.

La lucha contra los negocios joshi kōsei (JK) –donde se explota el fetiche de la estudiante de instituto– y la captación de chicas jóvenes engatusadas por la idea de dinero fácil, son aberraciones que se contemplan con naturalidad. Esto fue criticado en 2014 por el Departamento de Estado de E.E.U.U., donde ponían sobre la mesa los JK o-sanpo, "inocentes" paseos que compran hombres adultos a colegialas de instituto. Una de las muchas caras de la trata de personas.

Un caso que desató gran polémica el año pasado, fue el cierre de un local de Tokyo, donde chicas menores de edad hacían grullas de origami, vestidas con falda y sentadas con las piernas abiertas. Mientras, hombres adultos pagaban 5.000 yenes (40€) para poder pasar tres cuartos de hora mirándolas tras un espejo unidireccional. Aportando un extra el espejo se retiraba y podían tocarles las piernas.

Fuente
La enfermiza concepción del deseo sexual que envenena parte de la población japonesa, llega a extremos como la venta de ropa interior usada, denominada buruseda. Tampoco es para sorprenderse, dado la popular fijación que existe por las bragas en Japón; su exhibición está normalizada incluso en mangas y animes de carácter infantil.

Pero cuando se habla de fantasías hechas realidad, los japoneses pueden llegar al máximo nivel de realismo. Los ikemura son clubes especializados en la interpretación de sueños eróticos, cubriendo cada detalle en su puesta en escena. El uso de escenarios recreados como salas de hospital o vagones de metro, así como los cosplays –disfraces– que sumergen al cliente en la acción. Todo esto para saciar perversiones de todo tipo, donde prima, una vez más, el acoso a colegialas.

Fotografía de OldRoger
Miles de hombres que se resignan ante su creciente incapacidad por establecer contacto con otras personas, prefiriendo refugiarse en el universo de la ficción. El hentai (pornografía dibujada) o los videojuegos bishōjo (donde el objetivo es seducir a personajes femeninos atractivos), son dos vertientes del anime y el manga, en los que el consumidor fantasea con personajes 2D. Por lo general, los ideales presentados en estos productos cuentan con escasa personalidad, cortados siempre por los mismos patrones simplistas y machistas donde el fin último de la mujer es complacer al hombre.

Sin embargo, estas prácticas de consumo no son sólo cosa de varones. En los host clubs las mujeres solteras se reúnen para recibir la atención que no conseguirían en bares normales. Piropos, halagos, y un intercambio de flirteo concertado. Se paga por horas para mantener una agradable conversación con la que satisfacer la necesidad de atención que sufren tantas mujeres japonesas.

Entre el merchandising habitual, pueden encontrarse almohadas con personajes famosos impresos a tamaño real.

La sociedad nipona ha desarrollado una aversión generalizada al matrimonio; sobre todo por parte de las mujeres, que tras acceder al mundo laboral, temen perder su posición y estatus una vez se casen. El 70% de mujeres japonesas se ven forzadas a dejar sus empleos tras tener su primer hijo. El concepto de oniyome se usa para designar a aquellas mujeres que estando casadas, mantienen en pie su vida laboral. La traducción al español es "esposa malvada".


Dada la represión sociocultural que sufre el colectivo femenino en el país, no es de extrañar que cada vez más mujeres decidan ejercer su independencia y optar por construir una sólida carrera profesional, sin contemplar el terreno sexual o amoroso en sus vidas. Se ha deshumanizado tanto el sexo –anulando la vertiente romántica y contemplándolo como un mero intercambio de bienes–, que las propias adolescentes son quienes entran de forma voluntaria en la industria de la explotación.

Los telekuraterefon kurabu son clubes telefónicos que aparecieron a mediados de los 80's y siguen muy extendidos hoy en día. Las chicas, jóvenes y algunas menores de edad, se asocian voluntariamente al club. Después, el local pone al alcance del cliente un listado con los números de teléfono que se ofertan, a los que llama para intentar conseguir una cita que ella aceptará o no.


Otro negocio similar son los date clubs, clubes de citas, donde se ofrece entre 1.000 y 1.500 yenes (7-11€) a las jovencitas. Ellas se sientan tras ventanas de espejo para que los clientes las vean y decidan si quieren tener una cita con alguna. Si la chica es elegida se le paga un extra. Dinero rápido y fácil que suele atrapar a muchas japonesas incautas.

Por otro lado, la población ha llegado a comercializar hasta aspectos afectivos tan básicos como los abrazos. El café Soineya, por ejemplo, es un local de Tokyo donde el cliente paga por, literalmente, dormir abrazado a alguien. 30.000 yenes (128€) y cuentas con 6 horas de sueño en compañía. Nada sexual. Triste realidad que hace replantearse a uno hasta qué punto de desesperación se puede llegar por suplir las carencias de contacto humano.

Un país con cada vez menos hijos, cada vez menos parejas, cada vez menos amor. Un país donde para conseguir un beso, una caricia o que alguien te roce la mano, van quedando menos alternativas. Japón es una gran nación, tiene muchas cosas buenas, pero la represión sentimental que se ha autoimpuesto no es natural, y las consecuencias que esto acarrea ya empiezan a salir a la luz.



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