Yo.

jueves, febrero 18, 2016

Existen dos eventos que acontecieron en el transcurso de mi infancia y han marcado por completo mi forma de ver la vida. El primero sucedió durante el habitual oficio religioso de los domingos, al que mis padres –católicos, apostólicos y románicos– nos tenían acostumbradas a mí y a mi hermana. Al acabar la misa, una anciana se acercó a nosotros, me dio un trébol de cuatro hojas y le dijo a mi madre "su hija será una persona muy especial". El segundo, fue ver a los ocho o nueve años la película Una mente maravillosa, pero de esto hablaremos más adelante. Volviendo a la iglesia... ya en ese momento me pregunté a mí misma "¿qué significa ser especial?". Me temo que, hasta el momento, no he encontrado respuesta.


Los seres humanos somos un cóctel de genes y memes, todo bien mezclado para crear lo que denominamos yo. Los genes son nuestra herencia genética, los defectos y virtudes biológicos que arrastramos de nuestros antepasados, desde el homo sapiens, una raza caracterizada por su uso de la violencia en pos de su propia supervivencia. Los memes, por otro lado, son la herencia educativa, es decir, el contexto en que somos criados. En la fantástica sociedad occidental del siglo XXI, respiramos un aire endulzado por el modelo de vida norteamericano, donde el consumismo nos domina y la 'trifuerza' formada por partidos políticos+transnacionales+medios de comunicación nos controla. Tras la II Guerra Mundial –a pesar de que el bando nazi fuera derrotado principalmente gracias a la Unión Soviética–, Estados Unidos inició un proceso de expansión cultural mundial. Tomó el control del cine, la moda, la música y con ellos, de nuestras moldeables mentes. Patrones de conducta, de comportamiento, somos unos animales que aprenden por medio de la imitación. Como bien escribió Palahniuk en El Club de la Lucha: "Todo es una copia de una copia de una copia".

Por ello, vuelvo a alzar la pregunta al aire: "¿Qué significa ser especial?".

Los humanos, además de ser complejamente simples, somos grupalmente individualistas, pues si algo nos define bien son nuestras contradicciones. Todos queremos ser especiales. Yo quiero ser especial, tú quieres ser especial, el compañero al que no aguanto también quiere serlo, y la viejecita que da de comer en el parque a las palomas, y Pablo Iglesias, y Rajoy, y Belén Esteban. Todos. Todos poseemos la certeza absoluta de que somos diferentes al resto, que no podemos ser encasillados dentro de una etiqueta, de un arquetipo, porque nuestro yo está compuesto por infinitos contraluces imposibles de estudiar, de diseccionar, de clasificar. Falso. Todos queremos ser especiales, pero todos somos iguales. Los medios, la publicidad, la propaganda, se basan en ciencias que desmienten nuestro deseo ingenuo e infantil, para atizarnos con un palo en la cara y demostrar que nadie se escapa de la tan odiada masa. Reacciones similares ante estímulos similares. Somos 'replicantes'. Máquinas biológicas programadas para nacer, reproducirse y morir; da igual lo que hagamos entre medias, es absoluta y completamente indiferente. Esta es otra de las incoherencias del ser humano, que nos negamos a no tener un fin.


Nos enseñan desde pequeños que las cosas ajenas a nosotros suceden por un motivo (causalidad) y que las acciones que realizamos son con un objetivo (finalidad). La causalidad es física básica; la finalidad es una línea de pensamiento que trata de justificar el porqué de las cosas. El pensamiento finalista, aplicado a gran escala, da como resultado singularidades intrínsecamente humanas, como la fe, las supersticiones, o asumir que seré la excepción porque soy yo. Debido a la falta de pruebas empíricas ante todas estas cuestiones, nos vemos forzados a intentar demostrar una y otra vez que no estamos equivocados. Que seamos seres racionales no implica que razonemos lo suficiente. El arte y la cultura, la conservación de la memoria histórica, los avances científicos, el mundo del espectáculo... son gritos de auxilio de millones de personas que tratan de decirle al resto del planeta: "estoy aquí, soy significativo, soy diferente". Y todos gritamos y todos morimos y nadie nos escucha y nadie es especial.

Con la llegada del universo digital, hemos asumido rápidamente que nuestro día a día está plagado de datos. Podemos cuantificar los latidos de nuestro corazón, los likes que nos dan en Facebook, el número de armas que se fabrican al año, las estrellas que mueren cada día, o la cantidad de veces que se busca la palabra "yo" en Google. Hay personas que viven de los datos, minas y minas de información inútil que extraen de Internet. Redes de espionaje como ECHELON para registrar nuestros movimientos, o encuestas telefónicas para medir la marca de leche desnatada preferente en tu región. Sí, es cierto, el análisis de datos es una parte fundamental del avance, del "progreso" (se nos llena la boca con esa palabra). Progreso, progreso, PROGRESO. ¿Pero con qué fin? ¡Ah! tanto hablar de metas y objetivos, pero a la hora de la verdad quién sabe responder. No hay ningún fin, la única finalidad del progreso es crear más progreso, del mismo modo que la única finalidad del ser humano es crear más seres humanos. Asumida esta verdad uno puede preguntarse para qué vivir, para qué aceptar las normas sociales, las ataduras morales, ¡¿para qué?!

"La verdad es que no me gustan demasiado las personas.
Y a ellas no les gusto demasiado yo."

De niña vi Una Mente Maravillosa, una película basada en hechos reales que cuenta la historia de un matemático que ganó el premio Nobel. Un matemático esquizofrénico. Más allá de las duras escenas que presenta, lo que más le impactó a mi yo de ocho o nueve años, fue la existencia de una realidad completamente inventada dentro de la cabeza de un ser humano. Fue en ese instante cuando me planteé la segunda pregunta: "¿Qué es real?"

"Lo real es lo que vemos" suelen decirnos, pero yo no veo el aire, ni a los dioses, ni me veo a mí, no, veo mi reflejo en un espejo. La vista es el sentido primario –junto con el oído–, por medio de ella asumimos lo que nos rodea, aprendemos y crecemos. Pero yo no veo las galaxias, y sé que están ahí; nunca he visto una mantis marina pero sé que existen. Como ya comenté en otra entrada, el ojo humano está compuesto por tres receptores de luz que captan los colores: verde, azul y rojo. Todo lo que vemos es en base a esos tres colores y sus respectivas mezclas. Las mantis marinas poseen dieciséis receptores de luz. Hace no mucho me preguntaron cuál era mi color favorito, con cuál me sentía más identificada; dado que ya no tengo ocho años, no tengo un color favorito. Sin embargo, respondí que sería alguno de los que ve la mantis marina, un color que para mí no existe. Por tanto, ¿qué es real?

Desde Platón ya se hablaba de la presencia de una realidad diferente a la nuestra: el mundo inteligible. Con el Mito de la Caverna que tanto ha refrito la cultura popular, se explica que lo que vemos es una mera percepción, y lo que es se encuentra más allá de dicha ilusión. Ese plano inalcanzable para los hombres es un lugar donde todos los conceptos abstractos toman su forma absoluta: la Verdad, el Amor, el Bien. Cierto es que las propuestas platónicas suenan utópicas e idealistas dentro de un mundo tan calculado y empírico como el nuestro. Planteamientos difíciles de traducir en datos, pero que, a pesar de todo, están ahí, ¿no?

"¿Existo realmente?"

Las sociedades se alzan sobre mentiras, sobre cuentos que nos inventamos. Cuentos como la justicia o la ética. Creaciones humanas necesarias para nuestra supervivencia. Somos mucho más básicos de lo que nos han enseñado, pues nos movemos únicamente por dos impulsos: el placer y el sufrimiento. Estos constructos, estos delirios que asimilamos como realidades, poco importa si son reales o no, pues lo esencial es lo que nos producen. Poco importa si el dios de mis padres es real, mientras creer en él les aporte alivio. Poco importa si el político de turno tiene o no razón, mientras votarle no nos acarree más dolor. El helado que te comas o la persona con quien te cases, la guerra que pierdas o el examen que falles. Recabamos datos para intentar encontrar respuestas, pero la única respuesta trascendental es aquella que se genera dentro de nosotros.

Desde mi infancia pude entender que la esquizofrenia del matemático al que interpreta Russell Crowe no era el problema, sino las relaciones afectivas que había entablado con sus fantasías. El sentimiento que un hombre percibe es lo real, no la causa de dicho sentimiento. Interpretamos el mundo desde nuestra perspectiva, lo desmenuzamos en un sinfín de realidades adecuadas a cada uno de nosotros. Puede que todos seamos especiales en nuestros universos, que todo sea real; o puede que no.

Lo único seguro es yo.

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